Alberto Passolini o “Passo”, una belleza fortuita!, Marcelo Pacheco, 2013
Malona!, Laura Malosetti Costa, 2010
Argentinísima!, Alberto Passolini, 2010
Un pintor que dio vuelta la taba, Fabián Leblenglik, Pagina 12, 2010
Género y sexualidad en una muestra argentinísima, Claudio Iglesias, Perfil, 2010
El malón tiene cara de mujer, Daniel Molina, Diario La Nación, 2010
Señorito Rico, Alberto Passolini, 2008
La historia de la pintura y la filosofía del movimiento, Julio Sánchez, La Nación, 2008
Biografía no autorizada, Mercedes Urquiza, Diario Perfil, 2008
Blanco o negro? Mariano del Aguila, Punta Rubia, Uruguay, 2007
Sobre la muestra "Bad" de Alberto Passolini, Pablo Schanton, 2007
El eje del mal, Eva Grinstein, Revista Artnexus #65, 2007
Argentinísima!, Alberto Passolini, 2010


“–¡Qué suposición más extraordinaria y perfecta! –Dijo Flambeau– . ¿Y cree usted realmente que es verdadera?

–Estoy enteramente seguro de que no lo es –contestó el Padre Brown–. Sólo que ustedes aseguran que no hay medio de relacionar el rapé, los diamantes, la relojería y las velas, y yo les propongo la primera relación que se me ocurre, para demostrarles lo contrario. Pero estoy seguro de que la verdad es mucho más profunda, está más allá... Fácil es construir diez falsas filosofías sobre los datos del universo...”
Gilbert Keith Chesterton. El candor del Padre Brown.

“Reculando a lo que les contaba: las que son regias son las bóvedas de los oligarcas. Había una con cuatro cajones ocupados y un lujo, que yo no pude a menos, y al pasar les grité - ¡Hay que ver cómo viven algunos muertos!”
Niní Marshall. Y… se nos fue redepente.

Cuando volví a leer La Cautiva, de Esteban Echeverría, quedé estupefacto por lo alejado que está el título de la condición de María, su protagonista: en las primeras páginas, y tras un corto cautiverio, María se libera, mata a su captor, rescata a Brian, su esposo, quien le hace una escena de celos porque no sabe lo que estuvo haciendo ella mientras él estaba maniatado; se escapa llevándose los despojos del ingrato hacia el pajonal y se la pasa el resto del texto, hasta que muere, haciéndose cargo del lastre de su marido.

Como sea, ese texto parece haber inspirado el cuadro La vuelta del malón (1892), de Ángel Della Valle. Creo que fue el primer cuadro argentino pensado para las miradas de adentro y de afuera; el primero que mostraba, además del paisaje autóctono, un episodio de nuestro pasado que podía comprender cualquier gringo sin saber nada de la historia de nuestro país: indios llevándose a una mujer blanca.

Volví a pararme frente a La vuelta del malón con la relectura de La Cautiva aún fresca, y lo primero que pensé fue que esa mujer, sostenida por un cabezón morochazo y fornido, en breve podría amotinarse y ser la que diera vuelta el malón.

¿Y por qué no un malón de indias embravecidas, cargándose a un cautivo blanco? ¿Debería ser pintado forzosamente por mujeres un cuadro así? Hoy por hoy, evidentemente no (creo tener testosterona suficiente para ser una prueba elocuente de ello), pero cuando el original fue pintado, una mujer, por más que pintase muy bien, no pasaba de ser una aficionada al arte. Al igual que la protagonista de La Cautiva, estas señoritas dedicaban mucho tiempo y esfuerzo a sostener la actividad artística de Buenos Aires, arrastrando a desfallecientes profesores de pintura, a quienes les compraban sus obras y organizaban sus exposiciones… En fin: tuve la peregrina idea de que las mujeres sólo tenían el lugar de cautivas, tanto en los malones como en la élite artística porteña de fines del siglo XIX.

Tal vez esta visión fuera producto de la inercia romántica que me quedó de leer a Echeverría. Lo digo porque generalmente en un mismo volumen vienen juntas dos de sus obras: La cautiva y El matadero. La primera comienza con un acápite de Byron, el último romántico hasta la irrupción de Nicola di Bari; y en la segunda encontré rasgos de otro héroe byroniano. Me refiero al unitario que es torturado y literalmente revienta ante la mirada atónita de sus captores, que quieren desnudarlo. Tal episodio me recordó a Mazeppa, título de un poema de Byron que debe su nombre a un cosaco ucraniano condenado a vagar hasta su muerte, atado desnudo al lomo de un caballo espoleado.

Una oportuna tirada Google, con todo el rigor de un acto adivinatorio, me mostró un cuadro alusivo a ese poema, pintado por Horace Vernet en 1826. En este cuadro, el bravo cautivo cosaco es tan andrógino que bien podríamos estar frente a una cautiva pintada por una mujer de allá y entonces. Hasta fines del siglo XIX, habría sido muy sospechoso en una señorita el correcto manejo de la anatomía en la diferenciación de los géneros, porque las mujeres no eran aceptadas en las clases con modelo vivo. Lo sé porque, con una actitud cada vez más romántica, invoqué la sabiduría de Wikipedia, que me iluminó. Un artículo sobre la primera academia que permitió la asistencia de mujeres a los cursos con modelo vivo venía ilustrado con un cuadro pintado por Marie Bashkirtseff: sus compañeras en el subversivo acto de pintar con modelo (andrógino también, ya que es un prepúber). El cuadro se titula El estudio, y es de 1881.

Para mi sorpresa, Marie también era ucraniana, como el cosaco. Y así, ilusionado por una loca cadena de coincidencias deterministas, di un empujoncito más al buscador que me llevó a un cuadro ruso muy famoso en su tiempo, obra de Karl Briullov. Esto nada tiene que ver con todo lo anterior, pero aproveché para trasladar a los protagonistas de El último día de Pompeya (1833), aterrorizados en medio de la catástrofe, a un estudio umbrío donde reina la concentración propia del trabajo de taller. Me pareció la excusa más genuina para armar una cita a ciegas dentro de un solo cuadro; es decir, juntar a los hombres de un lugar con las mujeres de otro, apelando a una estrategia clásica de la comedia musical.

Pero siempre me sentí más cómodo en el género revisteril, por guarango y por picante (no el género, sino yo). Como no exige grandes complicaciones argumentales, pude adaptar mi lectura el texto de Echeverría y rescatar el aspecto que más me interesa de mi lectura de La Cautiva: el de María como cuchillera justiciera.

Alberto Passolini