Señorito Rico
“Si no
puede decir nada bueno sobre alguien, siéntese a mi lado.”
Alice
Lee Roosevelt
“Tercera
y última confesión: concibo mi vida en términos de vidurria.”
Raúl
Escari
(Dos
relatos porteños)
En una época menos instruida, tuve mi primer
contacto con el retrato de Manuelita Rosas, pintado por Prilidiano Pueyrredón
(1823-1870).
Recuerdo que los colores de ese cuadro me parecían
comestibles, ya que los asociaba a gelatinas de sabores frutales y a unos
caramelos traslúcidos de forma cónica y montados sobre unos palillos, llamados
pirulíes.
Queda claro, así lo espero, que vi esa imagen por
vez primera siendo un niño.
Muchos años
después, el interés por la historia del arte me llevó a conocer otras obras de este pintor, incluyendo los dos únicos
desnudos que aún se conservan (de los muchos, supuestamente, por él pintados).
Establecí entonces que la carga erótica presente en
su producción tenia la cualidad de “hacerme agua la boca“. Y descubrí así que
aquella vez que encontré en un texto escolar el retrato de Manuelita, la gula y
el erotismo ocupaban un mismo cajón.
Quizás porque la práctica me demostró que no es de buen tono mezclarlos,
al menos en una primera cita, decidí olvidarme de las golosinas y concentrarme en los aspectos
sexuales de su obra (nadie que me conozca mínimamente puede interpretar de lo
dicho, que alguna vez haya sentido deseo
sexual por ninguna de las retratadas por Pueyrredón, desnudas o vestidas, pero
hago la salvedad en beneficio de cualquier desprevenido)
Esta característica me llevó, sin proponérmelo, a
enterarme de los detalles escandalosos de su vida que lo condenaron a morir en
el olvido, y desaparecer de la historia hasta bien entrado el siglo XX.
Fue eso lo
que me impulsó, con ese sentimiento de alegría que nace de la desgracia del
otro, llámese schadenfreude, o delectatio morosa, a
intentar narrarlos en una biografía no autorizada.
Pero para tejer una biografía tan escandalosa que
no mereciese ser autorizada, no me podía conformar con un hombre de malas costumbres,
portador de un apellido ilustre, entregado a la pintura de cuadros obscenos.
Tampoco con la escena de sus familiares destruyendo la mayor parte de esas
pinturas para preservar su buen nombre de las extravagancias y libertades que
se había permitido, bajo la influencia
de algún amigo “libertino”.
Para hacer una lectura tendenciosa de la que
surgieran detalles más escabrosos, hube de vérmelas con un Prilidiano fiestero,
al que le iban las chicas desnudas y
emparejadas, como lo muestra “La siesta“, o las dos “Bañistas en el río Luján“, o ese par de cuadros del mismo tamaño: “Chinita
en la cocina” y “Señora cosiendo un
pavo“, las dos vestidas, es cierto, pero ambas con las manos sobre aves
muertas, o el desnudo borroso que se ve de fondo en el retrato de Santiago
Calzadilla.
Tan borroso es ese “cuadro dentro del cuadro”, que
no reparé en él hasta que un excelente trabajo de Laura Malosetti Costa,
titulado “Los desnudos de Prilidiano
Pueyrredón como punto de tensión entre lo
público y lo privado“ me lo señaló. Fue también en ese texto, que la
figura de Calzadilla se me reveló como la del amigo procaz que inspiró los
cuadros ultra libertinos, típicos del capricho de un “señorito rico”; y en un
audaz fuera de contexto, de allí extraje el título de esta serie.
Tal vez en la relación entre este personaje y
Pueyrredón, con una ruptura misteriosa más propia de los amantes que de los
amigos, se encontrase un ingrediente homo erótico lo suficientemente especiado:
Santiago y Prilidiano unidos en el desborde, el hedonismo, con el ineluctable
contacto físico que surge en la joda loca.
Debo decir que la tentación de construirme una
“amistad particular” entre este par, fue
muy fuerte; y caí de bruces en ella
luego de esta confesión de Santiago Calzadilla en sus memorias, intituladas
“Las beldades de mi tiempo”:
“…yo no tuve hermanos, y la autora de mis
días, que en sus maternales sentimientos no se conformaba con no haber tenido una hija, viendo la
inocencia de mis juegos y de mis procederes, me solía vestir de mujer a los 13
años y aun me acuerdo como si fuera ahora del contento con que salía a la calle
a lucir un vestido claro, y un sombrero blanco de paja de Italia adornado con
una pluma colorada, que decían me sentaba muy bien.
Me enseñaron a leer en escuela de mujeres,
o cuando más en alguna de ambos sexos, que frecuenté hasta grandazo como era, y
aprovechando de mi traje, estuve cerca de un mes en la escuela de las Ituño, y
en la de la señora Cabezón, en donde me
enseñaron a bordar, pues llevaba bastidor junto con los libros; hasta que las
maestras maliciaron, y mi madre declaró que nada tenía de extraño ese traje,
vista la inocencia de mis gustos y de mis propensiones, pues mis juegos eran
siempre con las niñitas más chicas y con las muñecas, de que teníamos reunidas
una gran colección que conservé por mucho tiempo, hasta que ¡desperté!”
Mas la alegría de este hallazgo se desvaneció
rápidamente:
Yo buscaba algo más ambiguo que me permitiera
insinuar cierta camaradería carnal, y en cambio me topé con los desvaríos
propios de una loca desatada, sin más. Y esta confesión tan extrema, escrita a
los 74 años, dejaba en evidencia la
fragilidad de mi argumento, ya que ese “¡desperté!” con el que finaliza el
párrafo debe haber sido un satori, un “eureka!” tan colosal, que ni un
atisbo de confusión pudo haberlo llevado a intimar carnalmente con su amigo. Y
tampoco hizo mella en la presencia de
ánimo que le permitió contar semejante pubertad, en su ancianidad.
Mucho menos creo que Pueyrredón se viera
deslumbrado por esos ojazos celestes y esas mejillas encarnadas, que pintó en
uno de sus retratos más logrados, pues
su gusto, según infiero, iba más por el lado de las morenas.
Por eso, decidí atenerme a la tradición oral, y
limitarme a exacerbar el erotismo propio del
derecho de pernada, y dejar que los señoritos ricos la pasen
bien, sin mirar a quien.
Alberto Passolini, primavera del 2008